Impulso cósmico

El asombro no necesita respuesta

Antes de que en el Primer Gran Relato se mueva una sola partícula, ya hay una frase en la sala que suena como un enigma: «Dios que no tiene manos». Ningún niño escucha ese título y se queda indiferente. Plantea de inmediato una pregunta para la que nadie en el círculo tiene una respuesta preparada: ¿cómo puede llegar a existir algo si no hay nadie que lo moldee con las manos? Y así es exactamente como empieza este relato: no con una explicación, sino con un asombro más grande que cualquier dato que los adultos pudiéramos ofrecer.

El enigma que está al principio

El relato no arranca en la física. Arranca en las personas. En todas las épocas, dice, los seres humanos han intuido algo más grande que ellos mismos y han llevado esa intuición a los sabios de su tiempo. Las respuestas que recibieron son peculiares: describen sobre todo lo que ese algo grande no tiene. Ojos, no. Manos, tampoco. Ni pies. Y aun así llegó a existir todo lo que existe, y desde entonces se sostiene en un orden que nadie necesita reparar. Un nombre que describe lo que falta y hace de ello una maravilla.

Después ocurre algo notable: el relato no discute. No defiende su propio título con un solo argumento. Simplemente deja la pregunta en pie y empieza a contar: una oscuridad al lado de la cual nuestra noche es pleno día, un frío al lado del cual el hielo parece tibio, una nube incandescente que contenía todo lo que hoy es estrella, piedra y agua. El enigma no se convierte en disputa, sino en historia. Es una decisión fácil de pasar por alto: el título no afirma nada que tuviera que demostrar. Solo abre un espacio y deja que sean los niños quienes entren en él.

Cuenta este comienzo a los niños y podrás ver de qué maneras tan distintas lo llenan. Uno dice en voz baja: «Eso es Dios». Otro grita: «¡Fue el Big Bang, lo vimos en una película!». Un tercero no dice nada y se queda mirando la tela oscura en el centro del círculo. Y lo hermoso es esto: el relato no contradice a ninguno. Hay sitio para el niño de una familia creyente y para el niño que en casa no oye jamás una oración. Lo que los tres comparten no es la misma convicción, sino el mismo instante: esa breve pausa en la que algo se vuelve demasiado grande como para despacharlo con una explicación rápida.

Por qué la pregunta puede quedar abierta

Que el título sea tan abierto no es casualidad ni descuido. María Montessori elaboró los Grandes Relatos durante los años que pasó en la India, rodeada de niños de familias hindúes, musulmanas, cristianas y de muchas otras. Un relato que debía servir para todos ellos no podía ser una doctrina. Tenía que ser una puerta por la que cada niño pasa con aquello que trae de casa.

Por eso puedes pronunciar el nombre de otra manera si en tu grupo o en tu familia suena ajeno. Hay quien habla del «gran misterio», quien habla de «la fuerza del principio» y quien se queda por completo en las leyes que obedecen las partículas. Lo que no se negocia no es la palabra, sino la actitud que hay detrás: asombro en lugar de lección. Los niños perciben enseguida si les estamos vendiendo una respuesta o si seguimos maravillándonos nosotros mismos. La cosa se vuelve delicada solo cuando tapamos ese hueco abierto, con el material que sea. Si lo rellenas con un artículo de fe, dejas fuera a los niños que no lo comparten. Si lo rellenas con una fórmula rápida sacada de un libro de divulgación, le quitas el aire al relato. Las dos veces se pierde lo mismo: la sensación de estar ante algo más grande que la propia explicación.

Los niños de seis a doce años se hacen estas preguntas de todos modos. ¿De dónde viene todo esto? ¿Por qué hay algo en vez de nada? ¿Dónde estaba yo antes de existir? Si respondemos demasiado rápido, cerramos una puerta que acaba de abrirse. «Demos al niño una visión del universo entero», escribió Montessori: una visión, no una ficha informativa. La frase más honesta que puedes decir en un momento así suele ser la más corta: no lo sé. No te resta nada de fiabilidad y le regala al niño algo mucho más valioso: el permiso de seguir preguntando. Como recurso complementario para la práctica Montessori, ese permiso es quizá lo más útil que este relato te pone en las manos.

Para probar hoy: recoge las preguntas en lugar de responderlas. Al terminar el relato, cada niño recibe un papelito para la pregunta que se le quedó en la cabeza; quien todavía no escribe, la dibuja. Colgad los papelitos en una pared o guardadlos en una caja y volved a sacarlos en las semanas siguientes. Algunas preguntas se resuelven solas, otras simplemente se quedan ahí. Ambas cosas son un buen resultado.

¿Cuándo fue la última vez que le dijiste «no lo sé» a un niño, y cómo te sentiste? ¿Qué gran pregunta llevas todavía contigo, y qué cambiaría si la vieras no como un vacío sino como una ventana abierta?